Sonrisas de esas inexplicables con las que te vas a la cama después de un día como otro cualquiera. Esas sonrisas son las que a mí me gustan, son las que yo quiero.Las personas, como personas que somos, tenemos diferencias, muchas, muchísimas, pero todos y cada uno de nosotros obramos para un mismo fin ,aunque de diferente forma, todos queremos ser felices. Pero ¿qué es lo que verdaderamente nos hace felices? Ojalá pudiera escribir ahora un párrafo más o menos extenso, más o menos inspirador sobre la verdadera felicidad con el que todos nos sintiésemos identificados y que tras leerlo dejase en todos una ligera sensación de satisfacción por unas palabras bien escogidas y unas ideas bien expresadas. Sin embargo la realidad es que, a mi modo de ver, no todos somos felices con las mismas cosas. Algunos disfrutan con actividades que consideran placenteras, otros buscan esta felicidad en los bienes materiales, otros necesitan aventura, cambios, acción en sus vidas, otros se sienten realizados haciendo el bien al prójimo… No puedo escribir una reflexión común sobre esto, por lo que sólo puedo basarme en mi propia y seguramente escasa experiencia. Llamadme tonta, facilona o que me conformo con poco, seguramente tendréis razón pero yo no necesito mucho para ser feliz. Yo prefiero ver esto como una ventaja, cuando menos necesitemos para ser felices, más felices conseguiremos ser ¿no? Y esque para mí la felicidad no está en las grandes cosas, está en los pequeños detalles del día a día. Yo no soy más feliz el día que me dan una buena nota en anatomía, o el día que me re
galan un móvil de última generación, ni siquiera ese viernes por la noche en que salgo a darlo todo bailando. Lo que a mí realmente me hace feliz es levantarme por la mañana y desayunar mis galletas de dinosaurios, despertarme con sus buenos días y acostarme con sus buenas noches, llegar a clase con un sueño horrible y ver a los petardos de todos los días y reír a carcajadas con ellos, desayunar napolitanas de chocolate en la cafetería con la mejor compañía posible y ponerme perdida de miguitas y de chocolate, quejarnos todos juntos de lo masocas que somos al haber elegido esta carrera, que la gente que me importa se acuerde de mi a lo largo del día, hacer el tonto con mi hermana por las tardes, las conversaciones profundas por las noches, las llamadas telefónicas interminables, cenar y ver la tele en familia…pequeñas tonterías que provocan esa sonrisa antes de ir a dormir, esa sonrisa que aparece sola sin darme cuenta, esa sonrisa prueba de que el día ha merecido la pena. Creo que estas sonrisas, las naturales, las que salen sólas, las del día a día, son las sonrisas de la verdadera felicidad, y puede que esto último si se pudiera extender a todos.Sonrisas de esas inexplicables con las que te vas a la cama después de un día como otro cualquiera. Esas sonrisas son las que a mí me gustan, son las que yo quiero.

Desde pequeños los niños siempre hemos querido crecer deprisa. Con 12 o 13 años, cuando empezamos a cambiar tanto física como psicológicamente, lo único que queremos es libertad, decidir por nosotros mismos, sentirnos maduros e independientes. Nuestros padres lo pasan muy mal en esa etapa de nuestras vidas. Ellos están ahí para retenernos, para sujetarnos, para decirnos que no corramos, que disfrutemos de cada segundo. Están ahí también para enseñarnos, para advertirnos, para decirnos que no estamos preparados aún para comportarnos como adultos. Nos dicen y nos repiten que si ellos pudiesen volver a ser niños no se lo pensarían dos veces, y a nosotros...nos entra la risa. ¿Quién puede preferir ser pequeño? Siempre sometidos a las órdenes de los adultos, incapaces de tomar sus propias decisiones, tantas veces mandados callar, reprimidos, infravalorados…¿Quién puede querer eso? Los niños queremos crecer, queremos salir solos, queremos quedarnos tarde viendo la tele, queremos comer lo que queramos sin que nadie nos obligue, queremos poder decidir por nuestra cuenta sobre nuestra vida. Y por eso, por mucho que hagan nuestros adultos cercanos, nosotros seguimos empeñados en no escuchar, pensamos “qué equivocados están, ya no recuerdan lo duro que es ser niño” y seguimos creciendo a toda prisa y deseando cumplir los ansiados 18, supuesta barrera que diferencia a una persona adulta de un niño (aunque desde mi punto de vista, es un poco ridículo que una simple cifra sea el límite entre dos estados personales tan claramente diferentes). Sin embargo, ¿qué pasa cuando cumplimos los 18? O incluso antes ¿qué pasa cuando se nos da de golpe toda esa libertad y capacidad de decisión que tanto anhelábamos? ¿Qué pasa cuando esas pequeñas decisiones que nosotros queríamos tomar como la hora de irse a la cama, el menú del día, el tiempo de hacer los deberes… se transforman en otro tipo de decisiones mucho más difíciles y mucho más importantes? ¿Qué pasa cuando dos de nuestros mejores amigos se pelean y no sabemos de que parte ponernos? ¿Qué pasa cuando te ofrecen tu primera calada o tu primer chupito? ¿Qué pasa cuando ese chico que tanto te gusta quiere algo más de ti? ¿Qué pasa cuando tienes que decidir sobre tu futuro? Las cosas no parecen tan fáciles entonces. Son muchas decisiones, todas muy importantes, y ¿Estamos preparados para llevarlas a cabo? Yo creo que muchas veces no, pero entonces ya no están nuestros adultos para decirnos que hacer. Y es entonces cuando tantas y tantas veces elegimos mal y ¿Cómo nos sentimos entonces? Tras la primera borrachera fuerte, tras perder a alguien importante, tras caer en le dependencia de las drogas o el tabaco, tras la primera vez que nos parten el corazón, tras sentirnos utilizados, tras escoger un futuro que no nos llena o no nos lleva a ninguna parte… Es en esos momentos cuando nos damos cuenta de que igual, sólo igual, teníamos que haber tenido más cuidado, teníamos que haber ido más despacio, tomarnos nuestro tiempo en escuchar a los mayores que igual sí sabían de qué hablaban, y aprender más sobre lo que nos esperaba después. Y es entonces cuando nos damos cuenta de que puede que no estuviese tan mal ser niños, y es que para bien o para mal hay algo que no cambiará nunca, que pasen las generaciones que pasen, los adultos siempre querrán ser niños y los niños, siempre querrán ser adultos.