Desde pequeñita mis padres han intentado enseñarme a hacer las cosas bien. Me castigaban cuando desobedecía, actuaba de forma egoísta o hacía daño a alguien. Ellos lo hicieron lo mejor que pudieron y quiero pensar que hicieron un buen trabajo. A medida que fui creciendo fui tomando mis propias decisiones, ya no había nadie detrás diciéndome que hacer, advirtiéndome de lo que estaba bien y lo que estaba mal. En mi vida he cometido errores, muchos, unos peores que otros, con algunos he hecho daño a algunas personas y por todos y cada uno de ellos he sufrido y me he arrepentido con todo mi corazón. Le he dado vueltas y vueltas en la cama, reflexionando sobre cada uno de mis actos e inventando mil maneras en las que podía haber evitado todo, torturándome a mí misma, sintiéndome la peor pers>ona del planeta.
Pero después de todas las lágrimas, de todos los suspiros y los deseos de volver a atrás para borrar aquello que un día hice inconsciente de las consecuencias, sólo queda una experiencia, una enseñanza. Y siempre llega un día en que dejo de mirar hacia atrás, me secó los ojos, vuelvo a valorarme y le doy la vuelta a la tortilla, utilizando todo eso que aprendí para hacerlo mejor la próxima vez. Porque me he dado cuenta de que somos humanos, y como humanos todos y cada uno de nosotros nos equivocamos alguna vez, y que eso no nos hace malas personas. Lo que diferencia a las buenas personas de las malas no es la cantidad de cagadas que hacen, sino las primeras tienen la valentía suficiente para reconocer que la han cagado y así poder aprender de ello.Lo siento.
Lo siento por todas las personas a las que he hecho daño a lo largo de mi vida, Dios sabe que ni una sola vez ha sido a propósito y que he pagado por todas ellas. Sólo pido a todas esas personas que no saben como soy, que no me conocen realmente, ni conocen mi vida, ni mis circunstancias, ni saben si lo he pasado bien o mal, ni saben realmente nada de mi, que no intenten juzgarme. Nadie tiene el derecho de juzgar a nadie porque sólo cada uno de nosotros sabe lo que tenemos en el corazón y creedme que duele cuando te juzgan sin conocer. No nos creamos dioses, preocupémonos cada uno de nuestra propia conciencia y de reparar nuestros propios fallos que seguramente son igual o incluso más importantes que aquellos de esas personas a las que nos creemos con derecho de juzgar.
Sonrisas de esas inexplicables con las que te vas a la cama después de un día como otro cualquiera. Esas sonrisas son las que a mí me gustan, son las que yo quiero.

Desde pequeños los niños siempre hemos querido crecer deprisa. Con 12 o 13 años, cuando empezamos a cambiar tanto física como psicológicamente, lo único que queremos es libertad, decidir por nosotros mismos, sentirnos maduros e independientes. Nuestros padres lo pasan muy mal en esa etapa de nuestras vidas. Ellos están ahí para retenernos, para sujetarnos, para decirnos que no corramos, que disfrutemos de cada segundo. Están ahí también para enseñarnos, para advertirnos, para decirnos que no estamos preparados aún para comportarnos como adultos. Nos dicen y nos repiten que si ellos pudiesen volver a ser niños no se lo pensarían dos veces, y a nosotros...nos entra la risa. ¿Quién puede preferir ser pequeño? Siempre sometidos a las órdenes de los adultos, incapaces de tomar sus propias decisiones, tantas veces mandados callar, reprimidos, infravalorados…¿Quién puede querer eso? Los niños queremos crecer, queremos salir solos, queremos quedarnos tarde viendo la tele, queremos comer lo que queramos sin que nadie nos obligue, queremos poder decidir por nuestra cuenta sobre nuestra vida. Y por eso, por mucho que hagan nuestros adultos cercanos, nosotros seguimos empeñados en no escuchar, pensamos “qué equivocados están, ya no recuerdan lo duro que es ser niño” y seguimos creciendo a toda prisa y deseando cumplir los ansiados 18, supuesta barrera que diferencia a una persona adulta de un niño (aunque desde mi punto de vista, es un poco ridículo que una simple cifra sea el límite entre dos estados personales tan claramente diferentes). Sin embargo, ¿qué pasa cuando cumplimos los 18? O incluso antes ¿qué pasa cuando se nos da de golpe toda esa libertad y capacidad de decisión que tanto anhelábamos? ¿Qué pasa cuando esas pequeñas decisiones que nosotros queríamos tomar como la hora de irse a la cama, el menú del día, el tiempo de hacer los deberes… se transforman en otro tipo de decisiones mucho más difíciles y mucho más importantes? ¿Qué pasa cuando dos de nuestros mejores amigos se pelean y no sabemos de que parte ponernos? ¿Qué pasa cuando te ofrecen tu primera calada o tu primer chupito? ¿Qué pasa cuando ese chico que tanto te gusta quiere algo más de ti? ¿Qué pasa cuando tienes que decidir sobre tu futuro? Las cosas no parecen tan fáciles entonces. Son muchas decisiones, todas muy importantes, y ¿Estamos preparados para llevarlas a cabo? Yo creo que muchas veces no, pero entonces ya no están nuestros adultos para decirnos que hacer. Y es entonces cuando tantas y tantas veces elegimos mal y ¿Cómo nos sentimos entonces? Tras la primera borrachera fuerte, tras perder a alguien importante, tras caer en le dependencia de las drogas o el tabaco, tras la primera vez que nos parten el corazón, tras sentirnos utilizados, tras escoger un futuro que no nos llena o no nos lleva a ninguna parte… Es en esos momentos cuando nos damos cuenta de que igual, sólo igual, teníamos que haber tenido más cuidado, teníamos que haber ido más despacio, tomarnos nuestro tiempo en escuchar a los mayores que igual sí sabían de qué hablaban, y aprender más sobre lo que nos esperaba después. Y es entonces cuando nos damos cuenta de que puede que no estuviese tan mal ser niños, y es que para bien o para mal hay algo que no cambiará nunca, que pasen las generaciones que pasen, los adultos siempre querrán ser niños y los niños, siempre querrán ser adultos.